sábado, 10 de octubre de 2015

Siria: Es hora de reformular las reglas del juego
Udi Dekel


Una vez más Siria goza de una posición de liderazgo en la agenda internacional, debido a la avalancha de refugiados que se desplazan a través de Europa –en tanto que Jordania, Líbano y Turquía ya no son capaces de acoger a más refugiados sirios- y a la decisión del presidente Vladimir Putin de aumentar sustancialmente la ayuda militar al régimen de Assad. Esta nueva ayuda rusa incluye la construcción de un aeródromo ruso en la costa siria cerca de Latakia, en el distrito alauita -que es la principal base de apoyo de Assad-. La creciente intervención de Moscú en Siria interrumpió las conversaciones preliminares entre los distintos agentes externos que estaban tratando de formular una solución política en la que el propio Assad renunciaría, aún cuando el régimen seguiría manteniendo su carácter existente durante un período de transición. Esta fórmula se basaba en la evaluación de que el ejército y los mecanismos de seguridad sirios son fundamentales para la estabilización de la situación durante un período transitorio, así como en la necesidad de neutralizar la intervención del Estado Islámico y otras fuerzas jihadistas salafistas cuyas capacidades fueron superando a las de otras facciones que combaten en Siria.



El Estado Islámico como la amenaza clave
Los actores extranjeros en la arena de Siria - Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea, Irán, Arabia Saudita, Turquía, los principados del Golfo y Jordania, así como los diversos grupos minoritarios de Siria (los kurdos, drusos, alauitas y otros) - comparten un interés primordial, a saber, el desmantelamiento del Estado Islámico y prevenir que tome el control de Siria en la era post-Assad. 
Este interés compartido sirve aparentemente como base para el establecimiento de un gobierno de transición en Siria que estabilizaría la situación y fijaría un camino hacia el futuro. Pero parece que la promoción de los intereses compartidos por la mayoría de los actores como una manera de formular un acuerdo provisional en Siria, bajo el patrocinio regional e internacional, está más allá del alcance, es por eso que los actores respectivos no tienen prisa para poner fin al fenómeno conocido como el Estado Islámico.
Las potencias occidentales, encabezadas por Estados Unidos, no están dispuestas a pagar el precio necesario para desmantelar las capacidades militares del Estado Islámico y reemplazar al régimen de Assad, es decir, poner las botas en el terreno - la única forma efectiva para cambiar la situación-. Sorprendentemente, la confrontación con el Estado Islámico ha producido algunas consecuencias positivas, tales como los canales de coordinación y diálogo con Irán y otros actores no aliados a Estados Unidos. Por otra parte, en este punto Estados Unidos y sus aliados no están dispuestos a atacar al Estado Islámico con la eficacia requerida, porque el colapso del Estado Islámico podría llevar a aumentar el poder de Assad.
Irán, que ve al Estado Islámico como una amenaza inmediata a su propia hegemonía en Irak, Siria, Líbano, y más allá, está muy preocupado por las consecuencias de una coalición luchando contra el Estado Islámico, sobre todo por la posibilidad de una amplia presencia militar estadounidense en el región -cerca de la frontera entre Irán e Irak, en el enclave kurdo, y en el este de Turquía, así como en Siria y Jordania-. Los iraníes ven el fortalecimiento del régimen de Assad como una herramienta primaria para detener la difusión del Estado Islámico y prevenir que los elementos suníes radicales -especialmente jihadistas salafistas, como Jabhat al Nusra- tomen el control de Siria.
Otro actor clave es Turquía, liderada por el presidente Erdogan, que está utilizando al Estado Islámico como una cortina de humo para ocultar la destrucción de las bases del PKK y de la clandestinidad kurda en el norte de Irak, el norte de Siria, e incluso dentro de la propia Turquía. Típico de sus opiniones vacilantes, Erdogan ha eliminado el derrocamiento de Assad como punto prioritario de la lista de las demandas de Turquía. En cuanto a la lucha contra el Estado Islámico, Erdogan ha dejado en claro que Turquía tomará una acción resuelta solamente después de que la OTAN, liderada por Estados Unidos, reúna las fuerzas necesarias para ese objetivo.
Para Arabia Saudita y los principados del Golfo, Irán sigue siendo el enemigo más amenazante. Por consiguiente, sus políticas están dirigidas a reducir la influencia de Irán en Oriente Medio, especialmente en Irak, Siria y Líbano. Algunas de las naciones árabes ven tediosa y sin sentido la guerra contra el Estado Islámico porque lo perciben como el menor de los males en comparación con dos posibilidades mucho peores para el futuro de Siria: la dominación de Irán a través de sus representantes (proxies), como Hezbollah, o la toma del poder por parte de las facciones pertenecientes a los Hermanos Musulmanes o a los jihadistas salafistas, sus principales enemigos dentro del propio campo suní. Por lo tanto, el Estado Islámico les ofrece una manera de desviar lo que ellos consideran que son las dos alternativas más graves - la dominación iraní o un gobierno musulmán radical en Siria-. La lógica del Oriente Medio ordena la creación de influencias con el poder de destruir en lugar de contribuir de manera constructiva. Por lo tanto, en el corto plazo y dado la necesidad de tomar partido en este momento, los llamados estados sunitas pragmáticos están asistiendo -o permitiendo el suministro de asistencia militar y económica- a las organizaciones jihadistas salafistas y a los Hermanos Musulmanes que luchan contra el régimen de Assad.

Mirando  hacia adelante  
La tragedia de Siria refleja el hecho de que el régimen de Assad y el Estado Islámico son los puntos álgidos de dos conjuntos de conflictos en el mundo árabe-musulmán: en primer lugar, el conflicto interétnico entre el campo sunita, liderado por Arabia Saudita, y el campo chií, liderado por Irán; y en segundo lugar, las rivalidades intra-sunita, que no es menos dramática que las luchas interétnicas, estas últimas relacionadas con los llamados estados pragmáticos, los actores jihadistas salafistas y los Hermanos Musulmanes. Tanto el régimen de Assad como el Estado Islámico son herramientas en las manos de los actores más fuertes; ellos gozan de inmunidad gracias a la falta de determinación de los diversos adversarios para derrocarlos. La existencia misma del Estado Islámico en su nivel actual de poder y el temor a un vacío en Siria impide al involucramiento externo destruir el régimen de Assad.
La pregunta clave de las discusiones, detrás de la escena, entre las partes involucradas es: ¿se verá Assad obligado a renunciar a la presidencia, o va a ser parte de un acuerdo para un período de transición, tras lo cual el pueblo sirio tendrá la oportunidad de determinar la naturaleza del arreglo permanente? El campo sunita liderada por Arabia Saudita ha decidido unir fuerzas con Turquía y Qatar -países identificados con los Hermanos Musulmanes-, y rechazar cualquier opción que incluya que Assad retenga su posición incluso durante un período transitorio. Por el contrario, Irán, que considera la supervivencia de Assad como una condición previa inamovible, es apoyado por Rusia, y ambos están coordinando sus movimientos en este sentido. Rusia ha endurecido una vez más su línea y está incrementando significativamente su despliegue militar y la ayuda al régimen de Assad, incluso hasta el punto de una intervención militar activa. El campo sunita, que considera el derrocamiento de Assad como un objetivo central, ha fortalecido en gran medida las fuerzas rebeldes contra el régimen de Assad en el norte y el sur de Siria. El apoyo a las fuerzas rebeldes continuará hasta el punto en que Assad se vea gravemente comprometido y se perciba que representa una carga más que una ventaja para Irán y Rusia. En ese punto, será posible neutralizar el poder de veto sobre un arreglo provisional sin Assad en el timón. En respuesta, la creciente intervención militar de Rusia y la estrecha coordinación entre Rusia e Irán tienen la intención de crear una situación en la que el régimen de la minoría alauita permanezca en su lugar en la franja costera desde el norte, a través de Hama y Homs, hacia Damasco y el área que bordea el Líbano. 
Consecuencias para Israel
En la práctica, Siria ya está dividida internamente y partida en zonas bajo la influencia de poderes externos. A medida que los rusos se despliegan, la región costera devendrá casi por completo directamente bajo su control. El norte de Siria, especialmente la región kurda, está bajo la influencia turca. El eje central de Siria -de Damasco a Homs y Alepo- y la frontera sirio-libanesa están, con la ayuda de Hezbollah, bajo la influencia iraní. El este de Siria es el campo de batalla de la guerra librada por la coalición internacional, liderada por Estados Unidos, contra el Estado Islámico.
La única área que no es reclamada por una fuerza externa como de un interés fundamental es la extensión sur de Siria, incluyendo los Altos del Golán. Es fundamental que Israel retenga la libertad de acción operativa en este sector y en el Líbano. 
Israel, por lo tanto, se sorprendió cuando quedó claro que Rusia estaba enviando fuerzas y construyendo fortalezas militares en la costa siria. 
Esta fue la razón por la cual el primer ministro, Biniamín Netanyahu, acompañado por el jefe de Estado Mayor de Tzáhal, Gadi Eizenkot, viajaron a toda prisa a Moscú: para formular entendimientos con el objeto de evitar enfrentamientos entre las fuerzas rusas e israelíes, especialmente choques aéreos, y prevenir la llegada de armas rusas avanzadas, tales como los misiles tierra-aire, que podrían incidir en la libertad de acción operativa del ejército de Israel en el Líbano y el sur de Siria. 
Por otra parte, a Israel le preocupa que las armas avanzadas que Rusia suministra a las fuerzas de Assad vayan a parar a manos de Hezbollah, sobre todo en el Líbano. Tal vez Israel también estaba poniendo a prueba la posibilidad de que la vía rusa sea usada para llegar a entendimientos sobre la reescritura de las reglas del juego en lo que respecta al eje Irán-Assad-Hezbollah, basado en la conciencia de la amenaza compartida inherente al Estado Islámico.
Por tanto, Israel debe realizar un análisis en profundidad de las cambiantes reglas del juego, de cara de la participación de Rusia y la determinación de Moscú de diseñar el futuro de Siria. 
Esta nueva situación cambia el equilibrio interno y externo del poder en Siria y aumenta el riesgo de eventos que se difundan hacia Israel, tales como la posibilidad de que las fuerzas rebeldes jihadistas salafistas sean atraídas al sur de Siria, el único sector sirio actualmente libre de la influencia activa de actores externos. 
El gobierno israelí debe formular sus metas a largo plazo para el norte, incluyendo su voluntad de luchar por la libertad de acción operativa, y la capacidad de establecer un área de influencia israelí en el sur de Líbano, los Altos del Golán y el sur de Siria.
Fuente: INSS
http://www.aurora-israel.co.il/articulos/israel/Oriente_Medio/67583/

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